¿HAS PERDIDO TUS DETALLES?

Blog

Poco a poco, y por países, la pandemia va remitiendo, pero sigue mostrándonos, también a nivel empresarial, algunas de sus consecuencias

Hace unos meses, Talkspace publicaba un estudio en el que afirmaba que: 

  • El 52% de los empleados, se sienten agotados. 
  • El 28% de los trabajadores también confiesa que podría abandonar su empleo en el transcurso de los próximos seis meses. 
  • Incluso, que el 27% llegaría al extremo de renunciar a su actual puesto de trabajo sin otra oferta laboral sobre la mesa. 

Tras leer este tipo de datos, los líderes podemos acudir con la mejor de las intenciones a la fórmula mágica, la respuesta rápida, la motivación clásica: ”¡hay que motivar a nuestra gente!”, se escucha. Es decir, pensamos que la gente tiene que ponerse las pilas, que hay que subir el nivel de energía, que hemos de sentirnos bien y renovar aquella pasión que un día nos animó a escoger ese puesto, ese trabajo, ese empleo.

Después de año y medio de pandemia, y de cientos de miles de muertes – millones en total -, y abundantes crisis de ansiedad, depresión y soledad. En una crisis sanitaria sin precedentes, junto a una crisis económica, social y emocional, el punto es, ¿no tenemos derecho a sentirnos mal?

Sí, la fórmula de la motivación clásica, el empujón de energía, el discurso de la pasión en el trabajo y de generar rápidamente sentimientos positivos, quizá no sea lo que más encaje hoy. Quizá siempre fue una respuesta demasiado rápida, pero lo que es seguro es que hoy necesitamos de otras claves y herramientas.

Más que empujarnos a sentirnos bien, sin más, con la ilusión ficticia de quien salta con fuerza pero sin destino, necesitaremos de algo más: un mapa, una guía, una dirección. Una estrategia y plan que nos involucre y ayude a encontrar un sentido a lo que sucede, a aceptar y gestionar la incertidumbre desde unos valores concretos, a provocar una actitud protagónica y a definir un propósito vital y laboral que ilumine con fuerza e intensidad un futuro mejor y deseable. Sí, el motor nos permite tomar impulso, pero es el timón el que marca el rumbo y el que permite que consigamos nuestros objetivos. 

Como líderes debemos de generar una alineación entre los equipos y nuestros valores, entre la gente y las estrategias, entre sus inquietudes y nuestros objetivos, y ofrecer un claro propósito con el que comprometerse. Así, los objetivos serán metas propias por las que merezca la pena luchar y, cuando, con nuestro apoyo, la gente se vea involucrada en todo ello porque es suyo, la motivación será una consecuencia natural de la alineación.

Pasó la época de la motivación y entramos en la era de la alineación. Se tratará de alinear el presente y su incertidumbre, con la esperanza en el futuro y los aprendizajes del pasado; alinear nuestro sentir negativo con una actitud renovada, llena de sentido y propósito; y alinear nuestro liderazgo y objetivos, con las inquietudes, crisis y dificultades de nuestros colaboradores. En eso consistirá la alineación motivacional. Una fórmuladonde el foco estará en las personas y su vulnerabilidad, para ayudarles a crecer desde su – y nuestra – humanidad, al tiempo que aprendemos, conectamos y ayudamos a los demás.

En definitiva, se tratará de alinear nuestra mente, nuestro corazón y nuestra voluntad desde una nueva actitud más humana y entrañable. Y, en el caso de los líderes, y más que nunca, liderar desde el corazón.

¿A quién le hablas?

Decía CS Lewis, que leemos para no estar solos. Y lo cierto es que la lectura nos transporta a otros mundos y nos relaciona con múltiples gentes y personajes. Hace unos días, releyendo a Brendon Burchard en su libro Recárgate, me hacía acompañar, en el recuerdo, de un viejo amigo. La frase que tenía subrayada con tinta roja, dice así: «En el mundo hay dos clases de personas, las que entran en una habitación y exclaman «¡Aquí estoy!», y las que entran en una habitación y dicen «¡Ah, ahí estás!«.

La frase me encanta, me parece genial, porque no sólo es muy descriptiva sino que, además, casi con toda seguridad, como me ha sucedido a mi, te llevará a acordarte de alguien de manera instantánea. Sí, así es, de ese tipo de persona, amigo o conocido, que cuando se hace presente, parece que lo hace mirando a su cámara, pidiendo luces, deteniendo con su entrada la música y pidiendo el micrófono.

En mi caso, la persona que me viene a la mente, y me acompaña según escribo, siempre aparecía con una brillante sonrisa, vestido de manera elegante y, gestualmente adornado con un sutil manto de prepotencia. Encantadora desde el principio pero, para mi gusto, agotadora ya en la salida. Protagonista incansable de la conversación, buen hablador y excelente embaucador, pero con poca conversación de ida y vuelta, pues todo salía del mismo sujeto y poca posibilidad de regreso dejaba. Tenías esa clara sensación de que era de los que con su lenguaje verbal y no verbal nos decía «¡aquí estoy!». Pero si alguien le preguntara ¿a quién le hablas?, la respuesta aparecería rápida en su boca: «a vosotros», pero tras el meditar sincero sólo hubiera sido: «a mi».

Al releer la frase que te comparto y parecerme tan acertada con el personaje, trataba de identificar mi hastío después de un tiempo de charla y ausencia de conversación. Si es agradable a la vista y, en un principio, también al oído, ¿por qué me cansa, y hasta me molesta ese encanto juvenil?, ¿por qué su brillo llega a cegar sus palabras para mi?, ¿qué es eso que hasta me ofende del «¡aquí estoy!» contemplándose en el espejo del grupo o multitud?

Hoy lo pensaba y he sido capaz de identificar algunos aspectos. Ahí van:

1. Una vez que le conoces, repite las mismas cosas, las mismas historias, iguales anécdotas. Pero no con extraños que se suman a la conversación donde tú estás incluido, sino también a solas contigo. No es consciente de qué dice y a quién se lo dice. Te lo puede contar diez veces que ni cuenta se da. Te habla a ti, pero tú eres siempre otro para él.

2. Te habla sin cesar de él (o ella). El asiento de protagonista de la función es de uno sólo y así lo toma desde el principio. Un protagonista agradable y chistoso desde el inicio pero, como digo, cansado, agotador al final. Tu papel, del que escucha, es ese, escuchar. Y salirte de tu rol es tener la sensación de que estropearás la función.

3. La capacidad de escucha es más bien limitada. Bueno, he sido muy diplomático: será nula. Puedes tú intervenir como quieras, pero las preguntas serán un instrumento más en favor de su ego, que darán paso a mayor luz y gloria suya; tus aportes, serán intrascendentes comparados con los suyos, y otras historias serán rivales de las que él protagoniza o de menor importancia, por eso siempre seguirá en la cumbre de la conversación y el interés auténtico por el otro, los sentimientos ajenos, o la perspectiva distinta, no serán tenidas en cuenta más allá del «gracias por aportar». Así, la pregunta en su boca, será pura anécdota; ceder la palabra, un accidente del tráfico propio de la conversación, y la escucha atenta, una ficción irrelevante.

Es por eso que ese protagonismo lo siento casi enfermizo y, siempre que puedo, y las circunstancias me lo permiten, huyo de él. Al principio, quizá, lo pasabas bien a su lado, pero una vez que lo conoces, y cuando las luces de la conversación se apagan, regresas a la soledad y te reencuentras contigo mismo recordando las últimas conversaciones, si te preguntas cómo fue todo, te responderás con un lacónico «bien». Y si, insatisfecho, indagas y te cuestionas quién eras tú para él en ese pretendido diálogo, te darás cuenta de que uno más, alguien del público en su escenario, sólo un sujeto que atrapó y sintió brevemente el «privilegio» de escucharle . Alguien que no tuvo la satisfacción de escucharle nunca «¡ah!, ¡ahí estás!».

Gracias a Dios, no me he encontrado con tantas personas así. Pero con los que sí, ha sido con tanta intensidad que han merecido estas líneas a raíz de la mencionada frase. ¿Y tú?, ¿con cuántos de estos «brillantes seres» te has encontrado?

Todos deseaban tocar con él. Sabían que era duro, pero para quien quería ser brillante, llamar la atención o llegar a la cumbre en una banda de jazz, era el maestro preferido para ello. Cuando ya lo conseguían, se daban cuenta de que no sólo era duro: era un  desalmado, un déspota, un tirano.

Hace unos días volvía a ver Whiplash. A mi parecer, una buena película que nos vuelve a plantear el papel del líder, del director, de quien construye y consigue resultados a través de otros: un equipo, una orquesta, una organización. Me llamó poderosísimamente la atención del papel – papelazo, creo yo – de J.K. Simmons, el profesor. Ya me dirás qué opinas cuando la veas.

El director de la banda de música, el profesor, quería resultados y sólo resultados. El camino, cómo se llegara a ellos, era lo de menos. Cualquier medio con tal de conseguir el fin: un nuevo genio del jazz que saliera de sus manos, de su orquesta. El quién, en el fondo, tampoco importaba, simplemente quería que fuera un alumno suyo. Y, por supuesto, si durante el proceso de búsqueda de ese resultado – el nuevo genio – alguno de los alumnos se sentía mal, era insultado o vejado, incluso pudiera perder el norte, la salud o su propia vida, el director no tendría problema: serían nada más que algunas notas que no encajan dentro de la correcta partitura que el maestro quería escuchar.

Sus alumnos eran simples instrumentos dedicados al éxito, al triunfo, a la gloria. Pero, ¿y la felicidad, la sonrisa alegre o la satisfacción durante el trabajo? Para nadie importaba. Durante el film, no será fácil encontrar el lado humano y sonriente de ese éxito por imperativo. Ni en los alumnos, ni en el maestro. ¿Cuál es entonces la justificación?, ¿hasta donde tenemos que apretar, empujar, sufrir o hacer sufrir para conseguir el éxito?, ¿hay límite? La respuesta es clara cuando Andrew, el alumno protagonista, lo pregunta. Transcribo parte de la conversación:

Profesor – “La gente no entendía lo que hacía en Shaffer (el Conservatorio de música), yo no estaba allí para dirigir, quería que mis alumnos se esforzaran más allá de las expectativas. Creo que es absolutamente necesario, sino estaríamos privando al mundo del próximo Louis Armstrong o del próximo Charlie Parker (…)”.

Alumno – Pero, ¿hay un límite? ¿Y si tal vez se va demasiado lejos y se disuade al próximo Charlie Parker de convertirse en Charlie Parker?

Profesor – No, qué va. Porque el próximo Charlie Parker no se dejaría disuadir. (…) La verdad, Andrew, es que jamás tuve un Charlie Parker, pero lo intenté,  te juro que lo intenté, y eso es más de lo que hace la mayoría, y jamás voy a disculparme por la forma en que lo hice.

El profesor acepta que pudo granjearse enemigos, pero eso son gajes del oficio, formaba parte de su trabajo. Lo que él quería, ansiaba de verdad, era encontrar un genio– ¿a caso no hay fin más alto para un maestro? – y, efectivamente, cualquier medio era válido porque, cuando lo encontrara, si ciertamente estaba ahí, soportaría las dificultades, la presión y el sufrimiento. Ese sufrimiento que él causaba a los candidatos, golpeando, golpeando con fuerza para determinar si era bueno el material o no, como el artesano golpea el noble metal para someterlo.

El genio, como el metal más valioso, sería fácilmente reconocible, pues ambos resistirán la presión inhumana, las descargas iracundas, el fuerte golpeteo del maestro. El nuevo talento, además, se sobrepondrá al desaliento, a la humillación y a la crueldad, y no será recriminación sino agradecimiento lo que su bravo corazón le permitirá expresar. Pues obtener el triunfo era su obsesivo objetivo y, por fin, lo habrá logrado.

Más de una vez me he encontrado con líderes que profesan ese estilo, y el insulto, la manipulación o la humillación, forman parte de su espléndido repertorio motivacional. Del mismo Steve Jobs cuentan que manipulaba a sus ingenieros, mintiéndoles para que pudieran romper con la realidad y sus paradigmas y se lanzaran a crear lo inexistente, al saber que su líder ya lo había visto hecho realidad en otra compañía.

Quizá, inicialmente, nos puede repeler esa actitud pero, ¿y si tuviera razón?, ¿y si necesitáramos los seres humanos que nos pusieran al borde del precipicio para dar lo mejor de nosotros mismos? ¿No es, de hecho, el final de la película una muestra de ello, con esos últimos rostros de complicidad que se muestran alumno y profesor?

El planteamiento puede ser atractivo para cierto tipo de directores o responsables, que, además, se sienten con la responsabilidad de obtener lo mejor de sus colaboradores o sus organizaciones. “Es más de lo que hace la mayoría”, dirá el profesor de la orquesta de Shaffer, y probablemente tenga razón. Por eso, su entrega, tiene un punto romántico que al propio alumno puede llegar a cautivar. Pero detrás de este planteamiento, se esconden ciertos egoísmos y muchas, muchas fantasías que se han tornado, tantas veces, en auténticas pesadillas, mi querido profesor.

En cierta ocasión encontré a un coach que me dijo que él estaba para arrancar las estrellas del mar que se quedaban en la tierra y lanzarlas de nuevo al océano, a pesar del dolor que se pudiera causar. Cuando le interpelé por el cómo, y por la importancia, durante ese proceso, de cuidar a la gente, él me espetó que lo importante era el para qué, la finalidad, devolverles al mar, pues más tarde lo agradecerían. La forma, el cómo, no era tan esencial. Y él era bien duro: con el objetivo y con la persona, sin poder separarlos.

Entonces, y ahora, me pareció una muy pobre actitud y no puedo estar más en desacuerdo con ese planteamiento. Por supuesto que nuestra vida estará llena de situaciones difíciles y dolorosas a las que hayamos de hacer frente; claro que, en alguna ocasión tendremos que tensar la cuerda y así, ayudar a otras personas a tomar conciencia de nuevos retos y oportunidades; desde luego que en algún momento tendremos que sobrellevar, con dolor, algún tipo de crecimiento o aprendizaje pero, ¿seguro que hemos de causarlo para posibilitar el desarrollo?

Decía Viktor Frankl que el ser humano ha de encontrar sentido al dolor cuando llega, pero que no tiene sentido causarlo. Cuando el miedo, el dolor o la imposición son herramientas habituales del maestro o director, olvidamos el sentido del aprendizaje que queremos desarrollar, estaremos utilizando a la persona para el éxito en vez de ayudar a alcanzar el éxito a la persona, y estaremos considerando a nuestro alumno, colaborador o empleado un medio para alcanzar algún fin. Y cuando llegamos a eso, rompemos un principio fundamental: el principio de la dignidad humana, el principio del respeto, el principio de que el ser humano no podrá ser un medio para otro fin, pues él, ella, cada uno de nosotros, somos un fin en sí mismo.

Una cosa será que el dolor llegue en el camino del desarrollo, y otra cosa es que se inflija consciente y voluntariamente dolor como proceso necesario para el perfeccionamiento. ¿De verdad que alguien puede ser tan prepotente como para  creerse por encima de los demás y erigirse en el campeón de la crueldad porque decidió que tal fin merecía tan excesivo coste ajeno? Cuando el éxito se mide sin tener en cuenta la fuerza y la crueldad empleadas, el respeto, la confianza y la ética, están en peligro. Y el ser humano también. Sea quien tome esa decisión.

Si todo vale para conseguir un objetivo deseable, alcanzar mayor perfección u ofrecernos al encuentro con la genialidad; si no hay líneas rojas que nos adviertan del peligro y la necesidad de detenernos cuando dañamos lo sustancial; si el ser humano puede ser considerado, al menos momentáneamente, instrumento de manipulación para un fin mayor; de alguna forma, ¿no hemos empezado a recorrer el camino de la barbarie? Y si lo hemos hecho, profesor, ¿no sería lo más humano sentirnos, al menos, culpables? Y es que, a veces, cuando se nubla el corazón, la mente pierde la esperanza.  El himno se transforma en pompa fúnebre. La música se vuelve sólo sonido. La nota, garabato irregular de trazo largo. Y el ser humano, instrumento de la tiranía.

Ya se qué quiero estas Navidades

Hay días en los que necesitamos hacer una pausa. Dejar de hacer cosas, caminar rápido o seguir rodeados, y aminorar el ritmo, desconectar un momentito de los demás y mirar hacia adentro. Y así, restaurar esa necesaria conversación con nosotros mismos. Hoy fue ese día.

Salí a la calle, me puse mis audífonos con música navideña de Michael Bublé y comencé a caminar. El ritmo era lento, no iba a ningún lugar, solo estaba concentrado en mis pensamientos. Y la pregunta que me estaba llevando y trayendo a ningún destino concreto, al menos físico, era ¿y qué es lo que quiero yo de esta Navidad?

Siempre he pensado que si no existiera la Navidad, deberíamos de inventarla. Y es que creo que, más allá de lo que significa para los cristianos – y quizá por ello – es una fantástica época para soplar algunas brasas en nuestras relaciones,  abrir nuevas ventanas para oxigenar nuestros vínculos y, sobre todo, calentar más nuestro hogar. Volver a encender nuestras casas con ese calor auténtico que llega desde el corazón. Es una época en la que se puede y debe hacer real esa frase que tenemos colgada, como cuadro, en nuestra sala de estar de casa: “No sé cuál es la pregunta, pero sé que la respuesta es el amor”.

Y mientras las hojas de otoño seguían cayendo y el viento fresco de la mañana se seguía metiendo entre mis huesos, – ¡qué frío hacía y qué poco abrigado salí! –  seguía pensando y viendo dónde estaría estos días decembrinos. Con quién compartiría mis navidades. Y qué quería para mí, para ellos, para todas esas personas con las que en la Navidad tendré contacto. 

Me he imaginado con mi esposa y mi hijo, en casa y fuera de casa. Con mis padres, mi tía Ta – que dice también Pablete –  y mi familia. Con toda la familia, de aquí y de allí, de Valladolid, Madrid y Murcia. Y con mis amigos, esos que eliges y que te hacen el camino de la vida no solo más agradable sino más significativo. Y ya sé. Ya sé qué es lo que quiero, cómo quiero vivir mi Navidad.

Quiero dar unos pasos y acercarme más a Dios. Quiero esperarle en la cueva donde nacerá y mostrarle mis debilidades, para cubrirlas con la manta que le pondrá María. Quiero mirar a la estrella, y esa estrella será mi familia más cercana. Serán Yolanda y Pablo. Y cada vez que vea una estrella de Navidad, les veré a ellos. Serán mi norte y lo que más cuidaré estos días. Quiero que mis padres recuerden esta Navidad. Una Navidad en la que estaremos más cerca a pesar de la pandemia que nos alejó de los abrazos y los besos. Y quiero ver a mi familia, a cada amigo, a cada persona con la que comparta unos momentos, como una elección consciente de con quién quiero estar. Porque quiero, eso, estar, mantenerme presente. Y quiero que me recuerden con una sonrisa. Quiero sonreír más. Quiero seguir saliendo a correr y hacer deporte. Y quiero disfrutar mucho de estos días, sobre todo, a través de los demás. Más como un acto de entrega que de recepción.

Sigo con mi paseo. He empezado a mirar a la gente de la calle de otra forma. No sabía quiénes eran pero sé que, como yo, tienen su propia historia. Y quería, quiero verlos no solo a través de sus actos sino a través de esa historia, la de sus preocupaciones y sus miedos, la incertidumbre y sus dificultades. Y también, desde sus alegrías, intereses y momentos de disfrute.

Quiero que esta Navidad sea diferente pues ya llevamos muchos meses muy parecidos. Quiero recordar esta Navidad no por lo que sucedió sino por lo que hice que sucediera. Y tú, ¿te apuntas? ¿sabes cómo quieres vivir esta Navidad?

SUBIR